Ciudadano Álvaro

Ganó Obama…

Junio 8, 2008 · 2 comentarios

Hace poco más de un año, cuando el joven senador Barack Obama lanzó su Presidential Exploratory Comitee pocos pensaron que se transformaría en el nominado presidencial del Partido Demócrata; especialmente porque su contrincante no era otra que la senadora Hillary Rodham Clinton.

Ahora que la larga campaña demócrata ha llegado a su final, es hora para el análisis: ¿Por qué un underdog llegó a convertirse en el virtual nominado presidencial del partido opositor? He aquí algunas de las respuestas que se han dado durante los últimos días:

1- La razón de la victoria de Obama fue su carisma personal, su don de gentes, su juventud y su habilidad retórica. Es decir, todo aquello que se podría englobar en el orden de las carácteristicas “personales” del virtual nominado demócrata.

2- Podríamos también destacar la excelente gestión de campaña realizada por su equipo. Su discurso, su eslogan, su logotipo, todo llevaba a una palabra simple y fácil de recordar: cambio. El sistema político actual es el “reino del cambio”, cualquiera que pretenda permanencia o conservación de un orden establecido, es propenso de suyo, a perder una elección. Por ejemplo, a diferencia de la senadora Clinton, Obama tuvo un eslogan; y éste cumplió a la perfección con todas las “condiciones” dadas por los manuales de ciencia política y comunicación política para que fuera exitoso. En fin, discurso, imagen, candidato, programa, todo estuvo perfectamente consustanciado de modo que no se apreciaran fisuras en la figura presidenciable.

3- Es importante destacar que, del fenómeno “underdog” con el que Obama inició su campaña, pasó al extremo opuesto, produciéndose el fenómeno asociado con el que va “de primero”, y por tanto, arrastrando cuanto apoyo y voto de superdelegados y otras figuras del Partido Demócrata eran necesarios para su nominación.

4- También se ha dicho que la excesiva participación del ex presidente Clinton en la campaña de su esposa jugó en contra de ella.

5- Otra clave, a nuestro entender, fue el “momentum” que ganó Obama con sus primeras victorias, lo cual resultó fundamental para su consagración.

Sea alguna de estas “causas” la privilegiada, o todas junto con otras, permiten comprender mejor la victoria de Obama en la carrera interna demócrata, lo importante ahora es lo que viene. El desafío actual para el virtual nominado demócrata es lograr captar y asegurar el electorado de Clinton, en particular las mujeres y los blancos pobres de los centros urbanos del centro y centro-este de Estados Unidos. A su vez, deberá competir con un candidato republicano, que si bien es tan inexperiente en cuestiones ejecutivas como Obama, tiene a su favor su carácter militar y su habilidad de ser “Commander in Chief”, elemento fundamental del discurso de McCain; a su vez, su distanciamiento de las políticas del presidente Bush y de la parte más conservadora del Partido Rrpublicano podría tener como finalidad buscar el electorado dejado por Clinton.

“All in all”, si bien Obama ya tiene la nominación demócrata, la carrera recién empieza; será vital la elección de su vice-presidente y los siguientes pasos que tome. Deberá definir más su discurso, pues, si bien pudo ganar una interna con las premisas de “Hope”, “Change” y “Future”, no logrará captar un electorado indpendiente, racional, y afectado por los embates de la economía norteamericana solamente con esos recursos retóricos. Por último, deberá procurar mostrar una imagen fuerte como “Commander in Chief”, elemento fundamental para lograr contrarrestar el peso de McCain en ciertos estratos intermedios de votantes y en estados que son esquivos al senador por Illinois. La clave está, nuevamente, en el electorado independiente, tanto aquél que ya se mostraba indeciso antes de la victoria de Obama, como aquellos que, debido a la derrota de Clinton, no ven una opción clara -al menos por ahora- ni en Obama ni en McCain. En nuestra opinión quien logre captar ese voto tendrá la llave de la Casa Blanca en noviembre. 

 

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Reflexiones en torno a la tradición

Mayo 28, 2008 · No hay comentarios

 

El ser humano como tradicional y moderno

            El ser humano como ser que se desarrolla en el tiempo, tiende a vivir sus tres dimensiones: pasado, presente y futuro. Como ser histórico, que encuentra sus raíces en su pasado, el cual, se constituye como una dimensión identitaria del ser y que, en buena medida, explica la existencia. Hasta cierto punto resulta ser, como dijo Ortega, que el hombre es su historia. Ésta le viene dada y por tanto no la escoge sino que le es legada: en este sentido la historia es traditum (lo legado). Por eso, nos dice J. Cruz Cruz, que la Historia es tradición.

           

            Tradición, del latín tradere: entregar. Las generaciones pasadas entregan un legado, un pasado, una historia a las generaciones futuras, y así sucesivamente. Nosotros somos, producto de lo legado y nuestros progenitores intelectuales: padres, abuelos, maestros, profesores, etc. actúan como tradenum, son los que transmiten lo traditum. El receptor actúa más bien pasivamente en este movimiento, y la tradición en buena medida se recibe. La tradición, entonces constituye también (como dice Zubiri) un estilo de vida en el que estamos insertos; y también constituye todo aquello que nos es legado. Cruz Cruz niega que haya tradición en la educación; pero si la hay, pues siendo ideal que la educación fuese eminentemente dialógica, no siempre lo es, y hay que reconocer el rol de los docentes como tradenum en cuanto transmiten todo aquello que les fue legado –y lo que posteriormente ellos incorporaron al legado- a sus estudiantes, siendo ellos los encargados de posteriormente aceptarlo o no, criticarlo o no, generando desde sí una nueva tradición.

 

            Justamente, es aquí donde nos queremos detener. Porque todo lo dicho es válido para la dimensión de la tradición que Cruz denomina fundante. Es la dimensión ontológica de la tradición, la que se expresa en la instalación del hombre en un determinado estilo de vida. Es todo aquello que nos es dado, y sería eminentemente aplicable a lo que recibimos durante nuestros primeros años de vida, cuando más que nunca somos receptores pasivos de todo lo que se encuentra a nuestro rededor. Esta dimensión fundante es constitutiva de nuestra personalidad, de modo que, como dice Unamuno, la memoria es al individuo lo que la tradición es al pueblo: «La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo» (Unamuno, En torno al casticismo). Es absurdo pensar que valorar la tradición es ser un conservador o un tradicionalista –lo abordaremos luego-, valorar la tradición es no ser ingrato con el pasado, es ser consciente de que uno es producto de miles de años de cultura y transformaciones, y de que ellas son lo único que nos diferencian de los cavernícolas.

 

            El ser humano también tiene libertad, y libertad fundamental, libertad de arbitrio y libertad moral. La primera es la indeterminación o abstracción en que el hombre se encuentra respecto de sus propias necesidades naturales, la segunda es la propiedad de libre elección que nos hace ser dueños de nuestras decisiones, la tercera es el efecto o resultado de una volición deliberada, algo que el hombre mismo elige. El ser humano puede tomar elecciones con respecto a sus necesidades, las puede omitir, se encuentra en un estado de objetividad respecto a aquello que quiere o necesita. Frente a una necesidad natural no estamos determinados a llevar a cabo cierta conducta, somos el único animal que puede, por ejemplo, dejar de comer voluntariamente aunque se muera de hambre en el proceso. La libertad fundamental constituye una condición para el libre arbitrio, que constituye en hacernos dueños de nuestras decisiones. Por último, la libertad moral es no solo la capacidad de elegir, sino también la capacidad de hacerlo correctamente. La libertad, al igual que la tradición, son rasgos propiamente humanos. Pero es la libertad fundamental o trascendental que hace posible la tradición, debido a que ésta no opera en el ámbito del instinto.

 

            También la libertad entra en juego, cuando hablamos de otro tipo de tradición, que es la tradición consciente. Hemos hablado ya de la tradición fundante u ontológica; la tradición consciente es el equivalente a la consciencia de lo heredado; pero más aún, también podríamos definir a la tradición consciente como aquella en la que hacemos uso de nuestra libertad de elección, para omitir, resaltar o agregar elementos a la tradición fundante. Nos explicamos, tradición fundante es en la que crecimos, pero tradición consciente es a la que nos adscribimos. La tradición consciente es conciencia de lo heredado, pero justamente, podemos tomar decisiones conscientes en torno a esa tradición, lo que no podemos hacer es despegarnos totalmente de ella. Por eso, a pesar de que cuando hacemos esa nueva tradición, es que resulta un producto de la anterior y no la podemos rechazar del todo. Por ello es que han sobrevivido tantas instituciones, por ejemplo, a los diversos embates revolucionarios: por la imposibilidad de la tabula rasa. Aunque no se desee, el peso de lo fundante en nuestra tradición consciente es demasiado grande.

 

 

            Introdujimos ya a la tradición, es hora de presentar a la modernidad. La modernidad es la otra tendencia del hombre, la de proyectarse hacia el futuro. Y es tan propia del hombre, como incluso de las sociedades humanas, de allí lo absurdo de las sociedades frías y calientes de Levi-Strauss. Porque si hay tendencias en las sociedades que hacen más énfasis en la tradición o en la conservación de la tradición, pero también hay que reconocer que incluso aquellas instituciones que parecen más tradicionalistas tienen algunos de los rasgos más eminentemente volcados hacia la modernidad –como pretensión o vuelvo hacia el futuro-. Así, para la religión revelada es tan importante la tradición, que actúa en buena medida como justificación para todo su sistema, como también la escatología y la promesa de vida eterna, volcada hacia el futuro. También en las cosas profanas podemos ver la tradición: ¿Qué aficionado a un equipo de fútbol no reivindica glorias pasadas para justificar su pasión? Sin embargo, están siempre volcados hacia el futuro y hacia la promesa: que el equipo de sus amores gane el próximo campeonato.

 

            Pero desde el siglo xviii que tradición y modernidad parecen opuestos. Y es que debido al fenómeno de la Ilustración –también mal llamada modernidad- se ha asociado a ella todo lo moderno. ¿Qué es la ilustración? se pregunta Immanuel Kant en su opúsculo Was ist Aüfklarung? La respuesta es la siguiente: Sapere Aude! ¡Atrévete a conocer! A declarar la mayoría de edad del intelecto y desprenderse de los vínculos paternos, es animarse a conocer por uno mismo. La Ilustración trajo una confianza ilimitada en las potencialidades de la razón, y un rechazo eminente a la tradición. De allí que todo el reformismo ilustrado haya tratado de extirpar la tradición de las sociedades.

 

            La ilustración es considerada como origen y preámbulo del positivismo y sus connotaciones más claras: cientificismo y progresismo. En buena medida el “marco” de ideas Ilustradas y positivistas sirvió como fundamento para muchas revoluciones, casi todas las cuales quisieron extirpar la tradición y fundar sociedades nuevas. En esta lógica también se ubica el pensamiento ideológico típico del siglo xix. Pero a la luz de la historia, la Ilustración no parece tan moderna ni las ideologías  tan revolucionarias. Las pretensiones de establecer un nuevo ordennovus ordo seculorum rezan algunos billetes de los Estados Unidos- como premisa del siglo xviii y xix, es también la pretensión de establecer una nueva tradición. Es que el hombre no puede desprenderse de su condición, y los revolucionarios franceses utilizaron una tradición –la del clacisismo- como fundamentación para su revolución moderna y antitradicional. Y el socialismo, antitradicionalista por excelencia, erigió una tradición en torno a ciertas figuras míticas. Y todas las ideologías plantearon escatologías secularizadas que prometían una vida eterna en la tierra: la del libre mercado, la de la sociedad sin clases, la de la primacía de la libertad individual, la de la sociedad racialmente pura, entre otras.

 

Progresismo y tradicionalismo

 

            Como lo indican sus nombres, progresismo y tradicionalismo, implican la erección del progreso y la tradición, en ideologías, en ismos, lo que implica radicalizaciones, negaciones mutuas, dicotomías y conflictos. El progreso no se opone a la tradición, en cuanto cambio meliorativo, es más, la tradición es progreso pues constituye la suma de muchos cambios meliorativos a lo largo de los tiempos: «Hay sí, una tradición eterna, legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales [...] Hay sí, una tradición eterna, una experiencia inconmovible de los siglos; pero ésta es la que el progreso forma, como los ricos terrenos de aluvión se forman de los ríos que en sus crecidas barren la capa superficial.» (Unamuno, En torno al casticismo y Enseñanza del latín)

 

            Pero el progresismo, hijo de la Ilustración y del positivismo, implica la erección del progreso mismo en ideología con sentido y finalidad propia: el estado ideal. Para el positivismo era el estado de la científica o positivo, para el socialismo la sociedad sin clases. Es propio del positivismo la pretensión revolucionaria, y la utopía con la cual se cierra dicho proceso revolucionario. Es un signo del progresismo también la noción de un tiempo lineal, con un principio y un final determinados, y que se erigen como estados “perfectos” y “acabados”, es nuevamente la gran paradoja del nuevo “orden” que choca tanto con lo “revolucionario”; más que a un “orden” o a una “revolución institucionalizada” se tendría que apelar a la revolución continua para mantener un verdadero espíritu de progreso. A fin de cuentas, la sociedad sin clases, o la sociedad sin mezclas raciales, son “lugares eternos” insertos en el tiempo, ni Marx ni los teóricos del racismo nazi se propusieron qué había después de ello.

 

            El tradicionalismo surge también como reacción al progresismo, y se establece como la pretensión de conservar o restituir ciertos valores tradicionales que se consideran perdidos, se agazapa bajo los hechos históricos. Es esa contaminación del pasado (Guitton) que busca congelarlo, mantener una edad de oro, y restaurarlo. Es muchas veces una reacción propia de los embates liberales e ideológicos, y muchas veces también tiene bases populares: pensemos por ejemplo quiénes fueron los defensores de la monarquía en América, las clases más populares, aquellas que sintieron que los embates del mercado, y las llamadas libertades políticas podían barrer con sus libertades tradicionales, y con la figura paternalista del rey.

 

Aceptación y rechazo de la tradición

 

            Hay dos formas de lidiar con la tradición que nos es dada: la aceptamos o la rechazamos. Pero, por más de que hagamos un rechazo  manifiesto de ella jamás podremos rechazarla completamente, tanto porque hay otros en la sociedad que se encargarán de reivindicarla –los tradicionalistas- como también porque forma parte de nuestra personalidad, como ya dijimos previamente. Así cualquier tradición de la que seamos conscientes, tendrá algo de nuestra tradición fundante. Si aceptamos todo lo que nos fue legado, y lo buscamos asimilar del todo conscientemente, tampoco podremos progresar, tendremos consciencia histórica pero no necesariamente consciencia de avance o progreso. Es necesario revisar las tradiciones que nos son legadas, haciendo uso de nuestra libertad, aceptarlas –total o parcialmente-, pero reconocernos como seres históricos que vivimos y nos criamos dentro de una tradición, que como decía Unamuno, siempre actuará como substrato para toda innovación, o modernidad, que incorporemos. La tradición consciente que formamos con nuestra tradición. fundante y con aquello que libremente queremos agregarle para enriquecerla, enriquecerá a las generaciones venideras, y ellas habrán de hacer lo mismo:

 

«Toda herencia requiere ser al mismo tiempo reverenciada y rechazada. [...] Cualquier esfuerzo por equilibrar los beneficios y las cargas del pasado supone tener una cierta conciencia, que nos hace falta para apreciar el pasado pero también para deshacernos de él; ambas posturas expresan contradicciones intrínsecas. Si seguimos los ejemplos que admiramos jamás podremos parecernos a ellos; si negamos la grandeza de nuestros precursores no podremos igualar sus logros.» (Lowenthal, El pasado es un país extraño)

 

            Debemos tener consciencia de que siempre estamos formando una nueva tradición, y que esta será legada a las generaciones por venir, como a nosotros nos fue legada una. Es fundamental que forjemos tradiciones que tiendan a tener consciencia del pasado, no como algo estático, inmóvil, e intocable; sino como algo familiar, que se encuentra presente en nuestra cotidianeidad y que nos ayuda a comprender mejor el presente. Que el pasado no sea país extraño, debe ser un objetivo de nuestra tradición; que el hombre deje de ser insolidario con la historia, y sea consciente de su origen, meta y destino, es fundamental para el progreso adecuado de las sociedades, que solo se hace mediante la integración del tiempo. Así lo dijo Burke al explicar el por qué del fracaso de la Revolución Francesa y el triunfo de la Revolución Gloriosa; esta última, tal vez por no ser hija de la Ilustración pero si de la primera modernidad filosófica e histórica, supo ver qué cosas de la tradición mantener y en qué cosas innovar, atenta al espíritu del tiempo  y del país.

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Retenciones…¿y algo más?

Abril 1, 2008 · 1 comentario

La República Argentina se ha visto conmocionada durante las pasadas semanas por un paro -con cortes de ruta- protagonizado por diferentes entidades agropecuarias que reúnen en sí a varios sectores de empresarios y productores rurales argentinos.

Como es de público conocimiento, la situación ha derivado en reclamos que traslucen una tensión social y política que no veíamos desde los acontecimientos que llevaron a la renuncia del presidente De La Rúa en diciembre de 2001.

Caben diversas lecturas y opiniones al respecto:

1- Las retenciones como medida, a nuestro criterio, son buenas. Es decir, al igual que los impuestos, las retenciones deben tener como objetivo la redistribución de las rentas producidas por diversas actividades económicas. Lo recaudado puede tener diversos destinos: planes sociales, obras públicas, incentivos a la industria, subsidios a eslabones débiles de la economía, etc. Obviamente, a todos los ciudadanos nos molesta cuando los impuestos -llámense como se llamen- son destinados a fines espurios, a financiar piqueteros o desocupados, o incluso para llenar los bolsillos de los políticos. En esos casos la rebelión está justificada porque el objetivo de la recaudación, es decir el Bien Común, no es cumplido. El pueblo puede protestar pacíficamente y exigir cuentas a sus gobernantes en quienes ha delegado el poder público.

2- El Uruguay vivió una situación similar a mediados del siglo XX cuando el gobierno de Luis Batlle estableció tipos de cambio diferenciales a las exportaciones que permitían que el gobierno retuviera dinero y así financiar la industria nacional. Este modelo fracasó por dos razones: en primer lugar porque la coyuntura mundial se tornó en perjudicial para los países exportadores de materias primas; en segundo lugar, porque los productores rurales se rebelaron -de manera similar a lo que ocurre hoy en Argentina- y retuvieron saldos exportables, recurrieron al contrabando, etc.

3- Esta situación provoca un “disprador”: ¿qué tipo de país y modelo económico queremos? El alto precio internacional de productos como la soja provoca subdesarrollo y no distribuye la riqueza. Los únicos beneficiarios de esta situación son: a) los terratenientes quienes ven sus ingresos crecer incesantemente sin mayores dificultades b) los banqueros y prestamistas quienes ante la falta de circulante incrementan el crédito y el endeudamiento de las capas intermedias de la sociedad. Por otra parte, consolida la dependencia del peón rural,  y tampoco  crea más y mejores fuentes de trabajo porque con la mayor tecnificación se necesitan cada vez menos trabajadores para las tareas rurales.     Debemos plantear un modelo de complementación agro-industrial, que agregue valor a nuestros productos y los coloque a excelentes precios en el mercado mundial, generando empleo al igual que  ganancias para los empresarios y terratenientes, distribuyendo mejor la riqueza en el interior del país y también produciendo el crecimiento conjunto de la economía nacional.

Hace años que nos hacemos estas preguntas; debemos caminar juntos hacia un modelo más justo. Sin demagogia, con contrapartidas para los ciudadanos que pagan sus impuestos, con ganancias para los empresarios y garantías para los trabajadores.

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Acá no hay “Herencia Maldita” que valga

Marzo 24, 2008 · 4 comentarios

Aquí, en la ciudad de Montevideo, no hay “herencia maldita” que valga.

En última instancia, nuestra ciudad está siendo hipotecada y nos tendremos que hacer cargo de una “herencia maldita” que se remonta al año 1990. Hace 18 años que el Dr. Tabaré Vázquez se hizo cargo de la Intendencia de Montevideo, e inició este ciclo de infamia. Él marcó la tendencia para los siguientes años: no solo despilfarró el prolijo superávit fiscal que le había dejado el pasado gobierno comunal para cumplir la vaga promesa electoral de bajar el boleto de ómnibus, sino que también se encargó de comenzar un proceso de tercerización de servicios que culminó con el infame episodio de Autoparque unos años después.

En Montevideo no hay herencia maldita: hay 18 años de mala administración oficialista.

¿Descentralización? ¡Ninguna! Solo un aumento exponencial del gasto municipal para darle a los “calienta silla” de los Centros Comunales Zonales, sueldos, que en algunos casos, equiparan a los de los Ministros del Poder Ejecutivo.

¿Qué nos ha aportado la administración del Frente Amplio en estos años? Más impuestos. Menos servicios. Más clientelismo. Más mentiras e hipocresía. Más corrpución (simplemente véanse los casos Areán y Bengoa en el que los delincuentes son recompensados por la más alta jerarquía). Más tercerizaciones y privatizaciones sin sentido. Más despilfarro. Menos eficiencia. Menos transparencia. Menos responsabilidad fiscal. Menos obras. Más Carnaval.

Y un canal de televisión.

Veo lindos cartelitos anunciando los logros de “Montevideo de Todos”; ninguno de ellos llegó a mi barrio. Hace más de diez años que estamos esperando que alguien se haga cargo del calamitoso estado del Parque José Batlle y Ordóñez. Por ejemplo: no se corta el césped desde diciembre, generando potenciales “caldos de cultivo” para diversas enfermedades y plagas -como las ratas-. El alumbrado no existe: generando ”bocas de lobo” refugio de Travestis y Taxi-Boys. No hay veredas: cuando llueve no se puede caminar por los senderos que actúan como “vereda” del Parque porque el barro llega hasta los tobillos. En febrero se registró presencia de Aedes Aegypti (monsquito del Dengue) en la fuente del Parque (frente a la casa de los embajadores de EE.UU y del Reino Unido) debido a que el agua de dicha fuente estaba contaminada, inmovilizada y estancada.

Otro ejemplo: anoche regresaba a mi hogar y en la intersección de Avda. Rivera y Pastoriza me encuentro con que no hay alumbrado público en al menos cuatro cuadras al este y al oeste de Rivera; continúo por Pastoriza y me percato que no hay luz en las más de doce columnas de alumbrado público que van entre Rivera y Ricaldoni.

Uno más: hace poco hablando de la contribución inmobiliaria y los otros impuestos urbanos me dice un vecino: “En mi factura de la Intendencia me viene una tarifa por ‘luz y lámparas de mercurio’” Prosigue: “Lo gracioso es que en mi cuadra no hay lámparas de mercurio, ni siquiera alumbrado público”.

Y no jodemos más: recientemente me enteré que en el Prado el alumbrado público fue una empresa lograda por la fuerza de los vecinos quienes compraron ellos mismos las farolas y se encargaron de administrarlas para que la Intendencia las colocara, evitando potenciales casos de corrupción o reventa de estos artefactos. Ejemplo de la fuerza de la voluntad popular y de la inoperancia de un gobierno municipal que no hace nada por sus contribuyentes. 

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¿Por qué tiene que ganar Barack Obama?

Marzo 15, 2008 · No hay comentarios

 Change, we can believe In” (Cambio, en el que podemos creer) es el lema de campaña del senador demócrata por Illinois Barack Obama. Frase que nos puede sonar trillada, e incluso despertar resistencias, pero que se llena de sentido a la luz de la política norteamericana de los últimos veinte años. Barack Obama representa, ciertamente, una bocanada de aire fresco para una política estadounidense dominada por dos familias durante más de cuatro lustros.

  “Barack Obama for America”

Simplemente hagamos el siguiente ejercicio, fijémonos cuál ha sido la sucesión presidencial norteamericana desde 1988 a la fecha: George H.W. Bush, William J. Clinton, William J. Clinton, George W. Bush, George W. Bush. Si agregamos un potencial mandato de Hillary (Rodham) Clinton entraríamos en los veinticuatro años de gobierno monopolizado por dos familias; pero ampliemos el ejercicio y consideremos que, la mayoría de los presidentes norteamericanos que se presentan a un segundo período en la Oficina Oval ganan: nos llevaría a casi tres décadas de administración Bush-Clinton

Padre-hijo, marido-mujer, este tipo de prácticas no favorece a la alternancia en el poder que constituye una de las bases de cualquier democracia. Mucho más grave es esta situación cuando, justamente, no es cualquier, sino que es la principal potencia mundial. Por lo tanto, un primer argumento a favor de la victoria de Obama sería: por el bien de la democracia estadounidense, debe existir alternancia de personas y familias en el poder.  Este argumento nos lleva a otra premisa: es indistinto quien gane, si Obama o McCain, lo importante es que no gane Clinton.  

Obama ha sido criticado por ser un outsider de la política. Un outsider de los grandes círculos de Washington D.C., de los diferentes lobbies e intereses que se manejan en Capitol Hill. ¡Bienvenido sea un outsider! Alguien que entra con las manos limpias, y con voluntad de limpiar la política norteamericana. ¿No es mejor acaso un outsider que un insider como el vicepresidente Cheney, quien fue secretario de Defensa durante la primera Guerra del Golfo, y fue uno de los principales promotores de la invasión a Irak y uno de los principales beneficiarios económicos de la ocupación estadounidense en dicha nación? 

En tercer lugar, está el argumento de: Obama no es lo mejor para América Latina porque no está a favor del libre comercio pan-americano y porque no conoce la región. Si nos ponemos en esa postura, la respuesta es clara: que gane el Partido Demócrata no es lo mejor para América Latina; tanto la senadora Clinton como el senador Obama han tenido palabras de crítica a los acuerdos de libre comercio firmados –tanto en la administración Bush como en las anteriores- con los países latinoamericanos; los que quieren garantía de TLC deberían haber buscado la victoria de Romney, o deberían preferir el triunfo de McCain.  

Pero, más allá de esto: la política exterior norteamericana no es necesariamente determinada por el presidente. Hay situaciones internacionales que van más allá que las voluntades políticas, mucho más cuando se es la primer potencia mundial. El ejemplo más claro es el caso del propio Bush, quien trató de fomentar buenos lazos con la región –en particular con México- durante los primeros años de su administración, pero la coyuntura le ganó a partir de septiembre de 2001 y todos –o al menos casi todos- sus esfuerzos de política internacional se vieron focalizados en la War on Terror. Por otra parte, no parece constructivo el argumento de la crisis de agosto de 2002 y el crédito puente como ejemplo de un interés especial de Bush por la región: dicho crédito no fue otorgado por el particular apego de Bush a la región o al Uruguay, sino por la excelente relación personal –y estratégica- entre los presidentes de Uruguay y Estados Unidos.  

La política para con la región no cambiará mucho: el Plan Colombia fue iniciado durante la administración Clinton y no cambiará si Obama es presidente porque está motivado por intereses que escapan a las consideraciones de los cambios en la Oficina Oval. Por otra parte, el staff técnico del departamento de Estado, que en la mayoría de los casos es el encargado de diseñar la política internacional de Estados Unidos, no cambia de administración-en-administración. 

El caso del TLC uruguayo, a su vez, es muy particular. Uruguay tiene exactamente el mismo mercado que la población de una ciudad de mediano porte de los Estados Unidos; a la potencia del norte no le significa beneficios sustanciales un TLC con nosotros –a excepción de lo que puede ser la explotación de recursos naturales como el agua-. Por otra parte, nuestro país no tiene gran volumen de mano de obra como para competir con la norteamericana; aunque vengan a instalarse empresas estadounidenses, ello no afectará negativamente a los mismos segmentos de la población –como los obreros industriales- que han quedado desempleados a causa del NAFTA. El Uruguay tampoco tiene un volumen de producción tan importante como para inundar el mercado norteamericano de productos, ni tiene mayores ventajas competitivas que hagan a nuestra producción sustancialmente más barata que la manufacturada en Estados Unidos. All in all: un TLC de Estados Unidos con Uruguay no es una alianza económica, es una alianza estratégico-ideológica que los norteamericanos pretenden hacer con ciertos países del hemisferio para contrarrestar ciertas pretensiones hegemónicas locales -con visos autoritarios- como es el caso del presidente Chávez de Venezuela. La continuidad de dicha política va más allá de la victoria de Obama, sino que es en buena medida una certeza. 

¿Acaso lo que importa en una elección no es que mejore la calidad de vida del pueblo que está eligiendo a su próximo primer mandatario? Nos tendría que importar que el pueblo estadounidense restaure su confianza en una clase política desprestigiada. Que puedan obtener verdaderos beneficios sociales como la asistencia médica universal y una mejora del sistema educativo. Que paren las ejecuciones a causa de las tasas de interés que crecen exponencialmente día a día y dejan miles de personas en la calle. Es necesario también que los Estados Unidos reconstruyan su imagen a nivel global y hemisférico. Imperioso es también que haga algo con respecto a la guerra en Irak y la situación en la que ha quedado el pueblo iraquí. Obama puede lograr todo esto, no solo porque lo promete, sino porque lo cree y porque seguramente tendrá un equipo de asesores que trabajará para cubrir las deficiencias, en términos de experiencia gubernamental, que él pueda tener. Más allá de la belleza retórica de sus discursos, y de la emotividad de su oratoria, el senador Obama puede hacer una diferencia real para muchos ciudadanos estadounidenses. Barack Obama representa el sueño americano vivo, alguien que no tenía nada y por la fuerza de la voluntad, de la auto-superación, de la esperanza y de la energía de la gente, ha llegado a tener altísimas posibilidades de convertirse en primer mandatario de los Estados Unidos. Ya eso, resucitar el sueño americano, debería ser un motivador suficiente como para que los estadounidenses elijan a Obama como presidente.  

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El Gran Acuerdo Necesario

Marzo 13, 2008 · No hay comentarios

Este primer “post” se lo quería dedicar a algo que creo muy necesario para nuestro país: un nuevo gran acuerdo nacional.

Muchos de los lectores se preguntarán ¿por qué es necesario un gran acuerdo nacional? No trataremos de darles respuestas que vayan más allá de sus conciencias; pero sí les daremos nuestra opinión de por qué consideramos que un nuevo gran acuerdo nacional es necesario.

Nuestro país ha tenido distintas instancias “fundacionales”; se podría decir que la primera, la formal, fue la independencia en el año 1828. En ese año nacimos a la vida como Estado, y a partir de allí debimos de comenzar a transitar un camino, ya no como provincia autónoma, sino como Estado-Nación independiente. La segunda instancia fundacional fue el fin de la Guerra Grande: dicho conflicto confirmó la viabilidad del Uruguay como país independiente. El final de esta gran guerra civil es un ejemplo de acuerdo nacional: “ni vencidos ni vencedores”; una demostración de, al menos, voluntad de forjar un destino común más allá de bandos o partidos.Una tercera instancia fundacional podría ser la segunda Constitución de 1917: permitió sellar un nuevo acuerdo consistente en el sufragio universal, mayor ejercicio democrático ejercido a través de las votaciones cada dos años para los diferentes órganos de gobierno, cogobierno de los partidos en pugna y un convencimiento -forjado a través de una educación nacional- de que las luchas que antiguamente se dirimían con las armas deberían ser zanjadas en los comicios.

Aparentemente parecería que después del traumático episodio de la dictadura cívico-militar, debería haber habido un nuevo “pacto fundacional”, un nuevo acuerdo nacional. Pero no lo hubo. Lo que podría considerarse como ello sería la ley de amnistía -o de caducidad-, pero aparentemente hubo escaso consenso en torno a ella y no podría ser considerada como una instancia de refundación nacional.Por otra parte, hubiéramos esperado un episodio refundacional también con la ascensión del gobierno de izquierda: ello no ha ocurrido. Una posible explicación sería la ajustada mayoría con la que llegaron al gobierno -recordemos que poco más de un 49% de la votación no votó por el Frente Amplio- y este tipo de acuerdos necesitan grandes consensos nacionales.

Parecería entonces que estamos necesitados de un nuevo gran pacto que nos vuelva a unir como uruguayos y nos haga confiar en un futuro mejor.

Un gran pacto que defina qué tipo de país queremos. Un gran acuerdo que defina qué tipo de identidad nos es común. Una nueva instancia para renovar nuestro sistema democrático y, ¿por qué no?, profundizarlo. Definiciones claras sobre el tipo de medidas estructurales que deben ser adoptadas para el combate a la pobreza y la desigualdad social. Manifestaciones colectivas de qué tipo de educación queremos que reciban nuestros hijos. Voluntades manifiestas de que no haya más emigración por necesidad y que los jóvenes -y no tan jóvenes- tengan oportunidades de vivir en nuestro país. Entre tantas otras cosas que nuestro país se ha preguntado durante muchos años. 

Esta instancia, queridos lectores, no sólo es necesaria: es imperiosa.

Durante los últimos 40 años, el mundo, el país, ha cambiado mucho. Desde hace demasiado tiempo nos estamos haciendo las mismas preguntas: es hora de tomar definiciones.¿Qué será necesario para conseguir este tan ansiado acuerdo? Mucho. Primero que nada: voluntad. Voluntad de todos los actores de la sociedad: partidos políticos, corporaciones -gremios, sindicatos, patronales, etc.-, ciudadanos de a pie, gente de todo el país, líderes juveniles, organizaciones no gubernamentales, y más. Estas voluntades se deben aunar en una instancia de diálogo y debate respetuoso sobre las preguntas que nos venimos haciendo desde hace años, y lo más importante, deben llegar a acuerdos sustanciales para poder avanzar hacia un destino común. 

En segundo lugar: una instancia de diálogo, debate y concertación. ¿Qué instancia  podría sería la determinante de este nuevo pacto? Por ejemplo: una nueva asamblea general constituyente. Conformada por todos estos grupos que hemos mencionado previamente -y otros-; la cual, mediante amplios acuerdos deberá diseñar una nueva ley orgánica para la Nación. Por otra parte, se deberá proceder a una masiva derogación de leyes y a una simplificación del sistema legislativo: necesitamos poner “la casa en orden” y establecer reglas de juego claras y comunes a toda la ciudadanía en el ámbito legal. Debemos eliminar las leyes “con nombre y apellido”.

En tercer lugar se necesitará el consenso. Todos estos procesos deberán ser instrumentados a través de mecanismos de participación popular democrática y, deberán tener como resultado, recalcamos, consensuados acuerdos que definan, el rumbo que queremos que nuestro Uruguay tome en los próximos años. 

Una nueva instancia fundacional es necesaria. Esta vez deberá ser la del Uruguay del siglo XXI. El acuerdo es necesario, el tiempo corre, los jóvenes huyen y la sociedad sigue esperando. 

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