¿Por qué tiene que ganar Barack Obama?
“Change, we can believe In” (Cambio, en el que podemos creer) es el lema de campaña del senador demócrata por Illinois Barack Obama. Frase que nos puede sonar trillada, e incluso despertar resistencias, pero que se llena de sentido a la luz de la política norteamericana de los últimos veinte años. Barack Obama representa, ciertamente, una bocanada de aire fresco para una política estadounidense dominada por dos familias durante más de cuatro lustros.
Simplemente hagamos el siguiente ejercicio, fijémonos cuál ha sido la sucesión presidencial norteamericana desde 1988 a la fecha: George H.W. Bush, William J. Clinton, William J. Clinton, George W. Bush, George W. Bush. Si agregamos un potencial mandato de Hillary (Rodham) Clinton entraríamos en los veinticuatro años de gobierno monopolizado por dos familias; pero ampliemos el ejercicio y consideremos que, la mayoría de los presidentes norteamericanos que se presentan a un segundo período en la Oficina Oval ganan: nos llevaría a casi tres décadas de administración Bush-Clinton.
Padre-hijo, marido-mujer, este tipo de prácticas no favorece a la alternancia en el poder que constituye una de las bases de cualquier democracia. Mucho más grave es esta situación cuando, justamente, no es cualquier, sino que es la principal potencia mundial. Por lo tanto, un primer argumento a favor de la victoria de Obama sería: por el bien de la democracia estadounidense, debe existir alternancia de personas y familias en el poder. Este argumento nos lleva a otra premisa: es indistinto quien gane, si Obama o McCain, lo importante es que no gane Clinton.
Obama ha sido criticado por ser un outsider de la política. Un outsider de los grandes círculos de Washington D.C., de los diferentes lobbies e intereses que se manejan en Capitol Hill. ¡Bienvenido sea un outsider! Alguien que entra con las manos limpias, y con voluntad de limpiar la política norteamericana. ¿No es mejor acaso un outsider que un insider como el vicepresidente Cheney, quien fue secretario de Defensa durante la primera Guerra del Golfo, y fue uno de los principales promotores de la invasión a Irak y uno de los principales beneficiarios económicos de la ocupación estadounidense en dicha nación?
En tercer lugar, está el argumento de: Obama no es lo mejor para América Latina porque no está a favor del libre comercio pan-americano y porque no conoce la región. Si nos ponemos en esa postura, la respuesta es clara: que gane el Partido Demócrata no es lo mejor para América Latina; tanto la senadora Clinton como el senador Obama han tenido palabras de crítica a los acuerdos de libre comercio firmados –tanto en la administración Bush como en las anteriores- con los países latinoamericanos; los que quieren garantía de TLC deberían haber buscado la victoria de Romney, o deberían preferir el triunfo de McCain.
Pero, más allá de esto: la política exterior norteamericana no es necesariamente determinada por el presidente. Hay situaciones internacionales que van más allá que las voluntades políticas, mucho más cuando se es la primer potencia mundial. El ejemplo más claro es el caso del propio Bush, quien trató de fomentar buenos lazos con la región –en particular con México- durante los primeros años de su administración, pero la coyuntura le ganó a partir de septiembre de 2001 y todos –o al menos casi todos- sus esfuerzos de política internacional se vieron focalizados en la War on Terror. Por otra parte, no parece constructivo el argumento de la crisis de agosto de 2002 y el crédito puente como ejemplo de un interés especial de Bush por la región: dicho crédito no fue otorgado por el particular apego de Bush a la región o al Uruguay, sino por la excelente relación personal –y estratégica- entre los presidentes de Uruguay y Estados Unidos.
La política para con la región no cambiará mucho: el Plan Colombia fue iniciado durante la administración Clinton y no cambiará si Obama es presidente porque está motivado por intereses que escapan a las consideraciones de los cambios en la Oficina Oval. Por otra parte, el staff técnico del departamento de Estado, que en la mayoría de los casos es el encargado de diseñar la política internacional de Estados Unidos, no cambia de administración-en-administración.
El caso del TLC uruguayo, a su vez, es muy particular. Uruguay tiene exactamente el mismo mercado que la población de una ciudad de mediano porte de los Estados Unidos; a la potencia del norte no le significa beneficios sustanciales un TLC con nosotros –a excepción de lo que puede ser la explotación de recursos naturales como el agua-. Por otra parte, nuestro país no tiene gran volumen de mano de obra como para competir con la norteamericana; aunque vengan a instalarse empresas estadounidenses, ello no afectará negativamente a los mismos segmentos de la población –como los obreros industriales- que han quedado desempleados a causa del NAFTA. El Uruguay tampoco tiene un volumen de producción tan importante como para inundar el mercado norteamericano de productos, ni tiene mayores ventajas competitivas que hagan a nuestra producción sustancialmente más barata que la manufacturada en Estados Unidos. All in all: un TLC de Estados Unidos con Uruguay no es una alianza económica, es una alianza estratégico-ideológica que los norteamericanos pretenden hacer con ciertos países del hemisferio para contrarrestar ciertas pretensiones hegemónicas locales -con visos autoritarios- como es el caso del presidente Chávez de Venezuela. La continuidad de dicha política va más allá de la victoria de Obama, sino que es en buena medida una certeza.
¿Acaso lo que importa en una elección no es que mejore la calidad de vida del pueblo que está eligiendo a su próximo primer mandatario? Nos tendría que importar que el pueblo estadounidense restaure su confianza en una clase política desprestigiada. Que puedan obtener verdaderos beneficios sociales como la asistencia médica universal y una mejora del sistema educativo. Que paren las ejecuciones a causa de las tasas de interés que crecen exponencialmente día a día y dejan miles de personas en la calle. Es necesario también que los Estados Unidos reconstruyan su imagen a nivel global y hemisférico. Imperioso es también que haga algo con respecto a la guerra en Irak y la situación en la que ha quedado el pueblo iraquí. Obama puede lograr todo esto, no solo porque lo promete, sino porque lo cree y porque seguramente tendrá un equipo de asesores que trabajará para cubrir las deficiencias, en términos de experiencia gubernamental, que él pueda tener. Más allá de la belleza retórica de sus discursos, y de la emotividad de su oratoria, el senador Obama puede hacer una diferencia real para muchos ciudadanos estadounidenses. Barack Obama representa el sueño americano vivo, alguien que no tenía nada y por la fuerza de la voluntad, de la auto-superación, de la esperanza y de la energía de la gente, ha llegado a tener altísimas posibilidades de convertirse en primer mandatario de los Estados Unidos. Ya eso, resucitar el sueño americano, debería ser un motivador suficiente como para que los estadounidenses elijan a Obama como presidente.

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