Reflexiones en torno a la tradición

 

El ser humano como tradicional y moderno

 

            El ser humano como ser que se desarrolla en el tiempo, tiende a vivir sus tres dimensiones: pasado, presente y futuro. Como ser histórico, que encuentra sus raíces en su pasado, el cual, se constituye como una dimensión identitaria del ser y que, en buena medida, explica la existencia. Hasta cierto punto resulta ser, como dijo Ortega, que el hombre es su historia. Ésta le viene dada y por tanto no la escoge sino que le es legada: en este sentido la historia es traditum (lo legado). Por eso, nos dice J. Cruz Cruz, que la Historia es tradición.

           

            Tradición, del latín tradere: entregar. Las generaciones pasadas entregan un legado, un pasado, una historia a las generaciones futuras, y así sucesivamente. Nosotros somos, producto de lo legado y nuestros progenitores intelectuales: padres, abuelos, maestros, profesores, etc. actúan como tradenum, son los que transmiten lo traditum. El receptor actúa más bien pasivamente en este movimiento, y la tradición en buena medida se recibe. La tradición, entonces constituye también (como dice Zubiri) un estilo de vida en el que estamos insertos; y también constituye todo aquello que nos es legado. Cruz Cruz niega que haya tradición en la educación; pero si la hay, pues siendo ideal que la educación fuese eminentemente dialógica, no siempre lo es, y hay que reconocer el rol de los docentes como tradenum en cuanto transmiten todo aquello que les fue legado –y lo que posteriormente ellos incorporaron al legado- a sus estudiantes, siendo ellos los encargados de posteriormente aceptarlo o no, criticarlo o no, generando desde sí una nueva tradición.

 

            Justamente, es aquí donde nos queremos detener. Porque todo lo dicho es válido para la dimensión de la tradición que Cruz denomina fundante. Es la dimensión ontológica de la tradición, la que se expresa en la instalación del hombre en un determinado estilo de vida. Es todo aquello que nos es dado, y sería eminentemente aplicable a lo que recibimos durante nuestros primeros años de vida, cuando más que nunca somos receptores pasivos de todo lo que se encuentra a nuestro rededor. Esta dimensión fundante es constitutiva de nuestra personalidad, de modo que, como dice Unamuno, la memoria es al individuo lo que la tradición es al pueblo: «La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo» (Unamuno, En torno al casticismo). Es absurdo pensar que valorar la tradición es ser un conservador o un tradicionalista –lo abordaremos luego-, valorar la tradición es no ser ingrato con el pasado, es ser consciente de que uno es producto de miles de años de cultura y transformaciones, y de que ellas son lo único que nos diferencian de los cavernícolas.

 

            El ser humano también tiene libertad, y libertad fundamental, libertad de arbitrio y libertad moral. La primera es la indeterminación o abstracción en que el hombre se encuentra respecto de sus propias necesidades naturales, la segunda es la propiedad de libre elección que nos hace ser dueños de nuestras decisiones, la tercera es el efecto o resultado de una volición deliberada, algo que el hombre mismo elige. El ser humano puede tomar elecciones con respecto a sus necesidades, las puede omitir, se encuentra en un estado de objetividad respecto a aquello que quiere o necesita. Frente a una necesidad natural no estamos determinados a llevar a cabo cierta conducta, somos el único animal que puede, por ejemplo, dejar de comer voluntariamente aunque se muera de hambre en el proceso. La libertad fundamental constituye una condición para el libre arbitrio, que constituye en hacernos dueños de nuestras decisiones. Por último, la libertad moral es no solo la capacidad de elegir, sino también la capacidad de hacerlo correctamente. La libertad, al igual que la tradición, son rasgos propiamente humanos. Pero es la libertad fundamental o trascendental que hace posible la tradición, debido a que ésta no opera en el ámbito del instinto.

 

            También la libertad entra en juego, cuando hablamos de otro tipo de tradición, que es la tradición consciente. Hemos hablado ya de la tradición fundante u ontológica; la tradición consciente es el equivalente a la consciencia de lo heredado; pero más aún, también podríamos definir a la tradición consciente como aquella en la que hacemos uso de nuestra libertad de elección, para omitir, resaltar o agregar elementos a la tradición fundante. Nos explicamos, tradición fundante es en la que crecimos, pero tradición consciente es a la que nos adscribimos. La tradición consciente es conciencia de lo heredado, pero justamente, podemos tomar decisiones conscientes en torno a esa tradición, lo que no podemos hacer es despegarnos totalmente de ella. Por eso, a pesar de que cuando hacemos esa nueva tradición, es que resulta un producto de la anterior y no la podemos rechazar del todo. Por ello es que han sobrevivido tantas instituciones, por ejemplo, a los diversos embates revolucionarios: por la imposibilidad de la tabula rasa. Aunque no se desee, el peso de lo fundante en nuestra tradición consciente es demasiado grande.

 

 

            Introdujimos ya a la tradición, es hora de presentar a la modernidad. La modernidad es la otra tendencia del hombre, la de proyectarse hacia el futuro. Y es tan propia del hombre, como incluso de las sociedades humanas, de allí lo absurdo de las sociedades frías y calientes de Levi-Strauss. Porque si hay tendencias en las sociedades que hacen más énfasis en la tradición o en la conservación de la tradición, pero también hay que reconocer que incluso aquellas instituciones que parecen más tradicionalistas tienen algunos de los rasgos más eminentemente volcados hacia la modernidad –como pretensión o vuelvo hacia el futuro-. Así, para la religión revelada es tan importante la tradición, que actúa en buena medida como justificación para todo su sistema, como también la escatología y la promesa de vida eterna, volcada hacia el futuro. También en las cosas profanas podemos ver la tradición: ¿Qué aficionado a un equipo de fútbol no reivindica glorias pasadas para justificar su pasión? Sin embargo, están siempre volcados hacia el futuro y hacia la promesa: que el equipo de sus amores gane el próximo campeonato.

 

            Pero desde el siglo xviii que tradición y modernidad parecen opuestos. Y es que debido al fenómeno de la Ilustración –también mal llamada modernidad- se ha asociado a ella todo lo moderno. ¿Qué es la ilustración? se pregunta Immanuel Kant en su opúsculo Was ist Aüfklarung? La respuesta es la siguiente: Sapere Aude! ¡Atrévete a conocer! A declarar la mayoría de edad del intelecto y desprenderse de los vínculos paternos, es animarse a conocer por uno mismo. La Ilustración trajo una confianza ilimitada en las potencialidades de la razón, y un rechazo eminente a la tradición. De allí que todo el reformismo ilustrado haya tratado de extirpar la tradición de las sociedades.

 

            La ilustración es considerada como origen y preámbulo del positivismo y sus connotaciones más claras: cientificismo y progresismo. En buena medida el “marco” de ideas Ilustradas y positivistas sirvió como fundamento para muchas revoluciones, casi todas las cuales quisieron extirpar la tradición y fundar sociedades nuevas. En esta lógica también se ubica el pensamiento ideológico típico del siglo xix. Pero a la luz de la historia, la Ilustración no parece tan moderna ni las ideologías  tan revolucionarias. Las pretensiones de establecer un nuevo ordennovus ordo seculorum rezan algunos billetes de los Estados Unidos- como premisa del siglo xviii y xix, es también la pretensión de establecer una nueva tradición. Es que el hombre no puede desprenderse de su condición, y los revolucionarios franceses utilizaron una tradición –la del clacisismo- como fundamentación para su revolución moderna y antitradicional. Y el socialismo, antitradicionalista por excelencia, erigió una tradición en torno a ciertas figuras míticas. Y todas las ideologías plantearon escatologías secularizadas que prometían una vida eterna en la tierra: la del libre mercado, la de la sociedad sin clases, la de la primacía de la libertad individual, la de la sociedad racialmente pura, entre otras.

 

Progresismo y tradicionalismo

 

            Como lo indican sus nombres, progresismo y tradicionalismo, implican la erección del progreso y la tradición, en ideologías, en ismos, lo que implica radicalizaciones, negaciones mutuas, dicotomías y conflictos. El progreso no se opone a la tradición, en cuanto cambio meliorativo, es más, la tradición es progreso pues constituye la suma de muchos cambios meliorativos a lo largo de los tiempos: «Hay sí, una tradición eterna, legado de los siglos, la de la ciencia y el arte universales [...] Hay sí, una tradición eterna, una experiencia inconmovible de los siglos; pero ésta es la que el progreso forma, como los ricos terrenos de aluvión se forman de los ríos que en sus crecidas barren la capa superficial.» (Unamuno, En torno al casticismo y Enseñanza del latín)

 

            Pero el progresismo, hijo de la Ilustración y del positivismo, implica la erección del progreso mismo en ideología con sentido y finalidad propia: el estado ideal. Para el positivismo era el estado de la científica o positivo, para el socialismo la sociedad sin clases. Es propio del positivismo la pretensión revolucionaria, y la utopía con la cual se cierra dicho proceso revolucionario. Es un signo del progresismo también la noción de un tiempo lineal, con un principio y un final determinados, y que se erigen como estados “perfectos” y “acabados”, es nuevamente la gran paradoja del nuevo “orden” que choca tanto con lo “revolucionario”; más que a un “orden” o a una “revolución institucionalizada” se tendría que apelar a la revolución continua para mantener un verdadero espíritu de progreso. A fin de cuentas, la sociedad sin clases, o la sociedad sin mezclas raciales, son “lugares eternos” insertos en el tiempo, ni Marx ni los teóricos del racismo nazi se propusieron qué había después de ello.

 

            El tradicionalismo surge también como reacción al progresismo, y se establece como la pretensión de conservar o restituir ciertos valores tradicionales que se consideran perdidos, se agazapa bajo los hechos históricos. Es esa contaminación del pasado (Guitton) que busca congelarlo, mantener una edad de oro, y restaurarlo. Es muchas veces una reacción propia de los embates liberales e ideológicos, y muchas veces también tiene bases populares: pensemos por ejemplo quiénes fueron los defensores de la monarquía en América, las clases más populares, aquellas que sintieron que los embates del mercado, y las llamadas libertades políticas podían barrer con sus libertades tradicionales, y con la figura paternalista del rey.

 

Aceptación y rechazo de la tradición

 

            Hay dos formas de lidiar con la tradición que nos es dada: la aceptamos o la rechazamos. Pero, por más de que hagamos un rechazo  manifiesto de ella jamás podremos rechazarla completamente, tanto porque hay otros en la sociedad que se encargarán de reivindicarla –los tradicionalistas- como también porque forma parte de nuestra personalidad, como ya dijimos previamente. Así cualquier tradición de la que seamos conscientes, tendrá algo de nuestra tradición fundante. Si aceptamos todo lo que nos fue legado, y lo buscamos asimilar del todo conscientemente, tampoco podremos progresar, tendremos consciencia histórica pero no necesariamente consciencia de avance o progreso. Es necesario revisar las tradiciones que nos son legadas, haciendo uso de nuestra libertad, aceptarlas –total o parcialmente-, pero reconocernos como seres históricos que vivimos y nos criamos dentro de una tradición, que como decía Unamuno, siempre actuará como substrato para toda innovación, o modernidad, que incorporemos. La tradición consciente que formamos con nuestra tradición. fundante y con aquello que libremente queremos agregarle para enriquecerla, enriquecerá a las generaciones venideras, y ellas habrán de hacer lo mismo:

 

«Toda herencia requiere ser al mismo tiempo reverenciada y rechazada. [...] Cualquier esfuerzo por equilibrar los beneficios y las cargas del pasado supone tener una cierta conciencia, que nos hace falta para apreciar el pasado pero también para deshacernos de él; ambas posturas expresan contradicciones intrínsecas. Si seguimos los ejemplos que admiramos jamás podremos parecernos a ellos; si negamos la grandeza de nuestros precursores no podremos igualar sus logros.» (Lowenthal, El pasado es un país extraño)

 

            Debemos tener consciencia de que siempre estamos formando una nueva tradición, y que esta será legada a las generaciones por venir, como a nosotros nos fue legada una. Es fundamental que forjemos tradiciones que tiendan a tener consciencia del pasado, no como algo estático, inmóvil, e intocable; sino como algo familiar, que se encuentra presente en nuestra cotidianeidad y que nos ayuda a comprender mejor el presente. Que el pasado no sea país extraño, debe ser un objetivo de nuestra tradición; que el hombre deje de ser insolidario con la historia, y sea consciente de su origen, meta y destino, es fundamental para el progreso adecuado de las sociedades, que solo se hace mediante la integración del tiempo. Así lo dijo Burke al explicar el por qué del fracaso de la Revolución Francesa y el triunfo de la Revolución Gloriosa; esta última, tal vez por no ser hija de la Ilustración pero si de la primera modernidad filosófica e histórica, supo ver qué cosas de la tradición mantener y en qué cosas innovar, atenta al espíritu del tiempo  y del país.


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