Reflexiones en torno al pensamiento ideológico, la dialéctica, y el diálogo

Notamos, que en el ámbito actual hay un aura de ser un período crítico en la historia de la humanidad. No sabemos si es una percepción acertada, o si todos quienes trataron de pensar la historia han considerado su propio momento existencial, su propia circunstancia, como un punto de inflexión. Sea o no sea el cierre de una época y la apertura de otra, tomamos esa excusa para pensar en torno a las ideologías, al desprestigio de la verdad derivado de ellas, y a las condiciones para el diálogo entre las culturas y las civilizaciones en el siglo XXI.

1. El mundo occidental actual está signado por el vacío, ya no por el relativismo, sino incluso por el nihilismo. No el nihilismo de Nietzsche, que ya se probó peligroso, sino por el nihilismo originario, sintetizado en las tres máximas “gorgianas”: nada existe; si algo existiese no lo podría conocer; si lo pudiese conocer, no lo podría comunicar.

2. Este vacío que se ve en Occidente está marcado por el rechazo a las ideologías y a las verdades “fuertes” que se tuvieron anteriormente. Las ideologías, hijas últimas de la modernidad filosófica, llevaron al extremo las verdades o convicciones fuertes. El saldo: más de 60 millones de muertos en dos guerras mundiales y otros tantos millones de muertos en conflictos derivados de ellas. Estas convicciones surgen de la secularización o si se quiere “terrenalización” de verdades que se encuentran por fuera del hombre, metafísicas, y/o metahistóricas, trascendentes; creer que se puede llegar a ciertas utopías en la tierra y llegar al extremo de matar o luchar violentamente por ello conduce al rechazo actual de la verdad, pues ésta se ve como contraproducente.

3. La crisis de las ideologías nos ha conducido a un mundo sin ningún tipo de cánon para nada, un mundo en el que todo está bien, en el que la nada es la ley, y no existe nada que pueda dar un sentido trascendente a nuestra existencia. Ya no existen causas metahistóricas en las que involucrarse, o valores que trasciendan al ser humano y de los cuales la humanidad pueda participar -en el sentido platónico de la palabra.

4. Ciertos ”hitos” de la historia nos han hecho privilegiar el cambio por sobre la permanencia; nos han hecho privilegiar la dimensión futuro del hombre, por sobre el pasado; estamos a punto de transformarnos en el “hombre masa” orteguiano, el cual no se percata, que todo lo que lo rodea es producto del flujo y reflujo de la historia, de las sucesivas capas de limo que se sobreponen sobre el lecho de un río. Retomando lo dicho por el célebre pensador español, lo único que nos separa de ser los hombres de la edad de piedra no es nuestra naturaleza -que es exactamente igual a la de los cavernícolas- sino nuestra historia.

5. En la era de la ideologización de las convicciones, la tradición degeneró en tradicionalismo y el progreso en progresismo; graves errores para la humanidad. ¿Acaso no nos hemos dado cuenta aún del bifrontismo natural del hombre, volcado a su pasado y abierto a su futuro?

6. Que en el mundo vuelvan a existir convicciones, deslindadas de la carga mesiánica y escatológica que les fue dada por el pensamiento ideológico de finales del XVIII y principios del XIX, resulta fundamental para el resurgir de la cultura Occidental.

7. No podemos borrar con el codo lo que hemos escrito con la mano; los milenios de cultura Occidental no pueden ser negados. Si continuamos olvidando el pasado para construir identidades ficticias, volveremos a caer en los errores de los siglos anteriores. Perdonarnos, reconciliarnos con nuestro pasado y prometer un futuro mejor a las próximas generaciones es clave para la concepción de una identidad civilizatoria y cultural adecuada.

8. Para el diálogo intercultural, e intercivilizatorio, es imprescindible tener en cuenta nuestra propia identidad. Si no sabemos quiénes somos nosotros, ¿cómo vamos a sentarnos en la mesa con el otro? La definición por oposición es justamente uno de los males que ha afectado al diálogo intercultural en tiempos pasados. El ser, por no ser el otro, es una respuesta vaga e inconducente. Yo soy porque soy. Y yo se que soy occidental porque conozco mi historia, mi cultura, y las verdades de mi civilización, y desde esta condición estoy dispuesto a reconocer cuál es la identidad del otro. Ésta es pues, la condición adecuada para el diálogo. Una cultura donde ha decaído el cuidado del espíritu, ¿cómo podrá dialogar con otras de espiritualidad y conciencia de identidad superiores a la de aquélla? Es necesario revalorizarnos, y valorar nuestras propias verdades y convicciones metahistóricas para poder avanzar en este sentido, no con ánimo hegemónico, sino con ánimo dialógico. Si comprendemos que el hombre también tiene una dimensión inmaterial, podremos comprender a las otras culturas que valoran sobremanera dicha dimensión.

9. Junto a la oposición pasado-presente, el pensamiento ideológico ha conducido también al viejo monismo alma-cuerpo; unos degradando y flagelando sus cuerpos, porque lo consideran fuente de todos los males del hombre; otros insertos en la sociedad opulenta haciendo de sus cuerpos dioses, conduciendo nuestra cultura hacia la “culocracia”, en la que lo único importante es el físico. Revaloremos la máxima aristotélica de que el alma es la forma del cuerpo; el progreso de la parte intelectual -inteligencia, alma racional, espíritu, o como se lo quiera llamar- no es excluyente del progreso de la parte material del ser humano. Avanzar en caminos paralelos es necesario para poder satisfacer las necesidades materiales e inmateriales de los pueblos, de modo simultáneo y no excluyente.

10. Si bien la dialéctica existe, y la historia tiene una cierta lógica o fluir dialéctico, es necesario que aceptemos la dialógica, en la cual las dos partes -que en el razonamiento anterior aparecen como contrarios- se complementan y conducen a una adecuada valoración de la persona y la cultura. Así, alma-cuerpo, materia-forma, progreso-tradición, futuro-pasado, oriente-occidente, se verán unidos por la conjunción copulativa y no por la conjunción disyuntiva. Superar la lógica de los contrarios primordiales, y afirmar una nueva lógica de contrarios complementarios, es fundamental para superar el pensamiento ideológico, revalorizando la verdad.

11. La ideología hizo que la verdad tornara en fundamentalismo. La postmodernidad hizo que la verdad no existiese por miedo al fundamentalismo. La nueva época filosófica que debemos inaugurar afirma que la verdad no tiene que tornar en fundamentalismo, pues es, esencialmente, polifónica y dialogante, es una sinfonía de verdades particulares que generan el conocimiento del aquí y del ahora. Todas ellas a su vez, participan en la verdad metahistórica, que sugiere el curso de la historia humana, pero que no lo determina, pues es el ser humano dotado de libertad quien forja y alcanza su destino.


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